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Más de medio siglo vigilando el litoral mijeño

Imagen del Faro de Calaburras en el año 1952. Imagen del Faro de Calaburras en el año 1952.

Cada día, a cientos de conductores, la hora del ocaso les sorprende recorriendo el tramo de costa que une La Cala de Mijas con el término de Fuengirola. Un camino que, si el sol ya se ha escondido, quizá en alguna ocasión nos hace levantar la vista y dirigir una breve mirada al eterno guardián del litoral mijeño, el Faro de Calaburras, el responsable de los destellos que iluminan el cielo al paso por este punto. Y es que aunque para muchos sea simplemente parte del paisaje, este imponente gigante blanco lleva regalándonos el prodigio de su presencia más de medio siglo, 153 años que, para ser exactos, cumplirá este próximo mes de agosto. No obstante, la del faro es una historia irremediablemente ligada a los cambios que ha experimentado Mijas en este periodo, además de contarse entre los emblemas de la localidad.El alcance de los destellos del faro es de unas 30 millas marinas Entró en servicio en el verano de 1863, con el objetivo de poner freno a los numerosos naufragios que se producían en las costas mijeñas y guiar a los barcos que dirigían su rumbo hacia el Estrecho. Su ubicación, entre las corrientes atlántica y mediterránea, lo convirtieron ya desde su construcción en el faro más importante de la provincia y, más adelante, en el primer faro aéreo marítimo español. Alimentado en sus inicios con aceite de oliva, su funcionamiento fue adaptándose a los tiempos y aumentando progresivamente su alcance hasta que, en 1928, se construyó una nueva torre, la misma que se conserva en la actualidad. Ya en 1949, la linterna se electrificó, aunque siguió siendo necesario llevar a cabo una labor de vigilancia para asegurar su correcto funcionamiento. No fue hasta 2003 cuando el faro incorporó un sistema por internet que hizo posible que pudiera funcionar por sí solo. Hoy, este gran cíclope mitológico continúa iluminando con su breve parpadeo la noche mijeña, testigo mudo del devenir de un pueblo y, quién sabe, de cuántos encuentros y desencuentros a la intensa luz de sus guiños.

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